lunes, 22 de abril de 2013

Danza Agridulce.

Mediando la calma y el sosiego le doy pausa a mi travesía, no le soy ajeno a la tarde, lo sé porque ya ha dejado pasar amantes, turistas y transeúntes ensimismados para al fin recibirme. Se presenta liviana pero en su ocaso pide a gritos un beso para humedecerse la noche.

Muerdo una naranja y mientras degusto su sabor agridulce me acaricia una racha de viento; debió haber notado que estoy solo y me trae compañía, parece una flor; tal vez se descuidó y se la arrebató a su dueño, aunque quizá es una aventurera que decidió dejar el jardín hermoso que le condenaba a permanecer segura en un mismo sitio. No le rechazo, parece encantada con el capricho de la brisa, se detiene un momento a mi lado pero le dejo pasar, no sin antes despedirme y prometerle que le inmortalizaré en estas líneas.

Suena a lo lejos música árabe, quizá la melodía perfecta para reemprender el camino. Mirar atrás a veces es placentero; se quedan la plaza, la gente y una musa que se despide danzando.
©Hale Sastre