Con un relámpago en el silencio
te fuiste,
el trueno resonó en tu pecho,
fulminante, sin aviso ni derecho;
el corazón, aquel tambor valiente,
calló de golpe, inesperadamente.
Tus ojos
verdes, dos claros del bosque,
guardaban luz aun cuando llegó la noche.
Eran musgo, primavera y horizonte,
dos luceros escondidos tras el monte.
Íbamos
juntos por un viejo sendero,
tú con tu risa, yo con voluntad de acero;
pero una sombra confundió nuestro destino
y te perdiste entre los pinos del camino.
Quise
llamarte, más respondió la bruma,
tu nombre leve se deshizo entre la espuma;
y aquel infarto, cazador oscuro y frío,
cruzó tu pecho como saeta en certero tiro.
Desde
entonces, cuando el viento toca el suelo
y las ramas alzan sus plegarias hacia el cielo,
sé que atraviesas otro bosque, compañero,
Porque un
amigo no se pierde con la muerte:
cambia de bosque, de camino y de suerte.
sin mapas, sin dolor y sin sendero.
Hale Sastre.

